EL PAÍS, sábado 26 de febrero de 2011
Somos nuestra infancia

La infancia es la primera memoria, y es la última que se pierde.
A la infancia se vuelve, siempre, ahí está la raíz de la memoria;
cuando los recuerdos se evaporan, el último bastión es la infancia.
El poeta alemán Michael Kruger escribió:
"A veces me escribe la infancia una tarjeta postal: ¿Te acuerdas?"
La infancia es la caja negra de la memoria.
"El metabolismo sentimental de las personas lo marca la infancia". Y la memoria que se nutre de ese metabolismo "es un campo de arenas movedizas, como un barco de nubes que dejan pasar la luz o que la niega."
Hay maneras de agredir a esta memoria, hay formas de traumatizarla con sufrimientos y otras alteraciones. Cuando esto se produce en la infancia, cuando más postales estamos percibiendo para enfrentarnos luego a la vida, "se producen estragos que duran en forma de alergias y otros inconvenientes."
Todo lo que recordamos más nítidamente nace a los tres años,
y ese almacenamiento más puro dura hasta la adolecencia.
Luego, la memoria empieza a ser quebradiza;
a los 40 años tenemos charcos, a los cincuenta ya hay lagunas,
y la memoria empieza a causar malas pasadas cuando superamos los sesenta. Y hay un momento, en que se deshace la memoria; por ejemplo, a causa del alzhéimer. "No solo se deshacen los recuerdos; se deshace la identidad... Las esperiencias están ahí, en el hipocampo, donde se almacenan." En esa "unidad central de procesamiento" están. El alzhéimer los aleja. La infancia los hace durar.
Estamos programados genéticamente, dice el doctor Tizón; el sistema nervioso va diciendo cuánta memoria nos queda, y nada detiene ese proceso cuya intensidad marca la infancia.
Los medicamentos no impiden la acción del tiempo sobre el hipocampo. Ahí se concentra el temor que animaba esta frase de Henry James que recuerda Tizón:
"La mayor fuente de terror en la infancia es la soledad".
Y la felicidad es lo que hace sólido el recuerdo que más cuesta perder.
La infancia "es intensiva (la edad adulta es extensiva). Nos obliga a sumergirnos, a ahondar (la memoria involuntaria de Proust). La edad adulta discurre, se extiende.
La infancia es un territorio ilimitado, insondable; la edad adulta tiene límites".
Somos nuestra infancia

La infancia es la primera memoria, y es la última que se pierde.
A la infancia se vuelve, siempre, ahí está la raíz de la memoria;
cuando los recuerdos se evaporan, el último bastión es la infancia.
El poeta alemán Michael Kruger escribió:
"A veces me escribe la infancia una tarjeta postal: ¿Te acuerdas?"
La infancia es la caja negra de la memoria.
"El metabolismo sentimental de las personas lo marca la infancia". Y la memoria que se nutre de ese metabolismo "es un campo de arenas movedizas, como un barco de nubes que dejan pasar la luz o que la niega."
Hay maneras de agredir a esta memoria, hay formas de traumatizarla con sufrimientos y otras alteraciones. Cuando esto se produce en la infancia, cuando más postales estamos percibiendo para enfrentarnos luego a la vida, "se producen estragos que duran en forma de alergias y otros inconvenientes."
Todo lo que recordamos más nítidamente nace a los tres años,
y ese almacenamiento más puro dura hasta la adolecencia.
Luego, la memoria empieza a ser quebradiza;
a los 40 años tenemos charcos, a los cincuenta ya hay lagunas,
y la memoria empieza a causar malas pasadas cuando superamos los sesenta. Y hay un momento, en que se deshace la memoria; por ejemplo, a causa del alzhéimer. "No solo se deshacen los recuerdos; se deshace la identidad... Las esperiencias están ahí, en el hipocampo, donde se almacenan." En esa "unidad central de procesamiento" están. El alzhéimer los aleja. La infancia los hace durar.
Estamos programados genéticamente, dice el doctor Tizón; el sistema nervioso va diciendo cuánta memoria nos queda, y nada detiene ese proceso cuya intensidad marca la infancia.
Los medicamentos no impiden la acción del tiempo sobre el hipocampo. Ahí se concentra el temor que animaba esta frase de Henry James que recuerda Tizón:
"La mayor fuente de terror en la infancia es la soledad".
Y la felicidad es lo que hace sólido el recuerdo que más cuesta perder.
La infancia "es intensiva (la edad adulta es extensiva). Nos obliga a sumergirnos, a ahondar (la memoria involuntaria de Proust). La edad adulta discurre, se extiende.
La infancia es un territorio ilimitado, insondable; la edad adulta tiene límites".

